Hola de vuelta. Vengo a contarles algo que intenta explicar lo que últimamente me anda pasando. No sé si se puede considerar "normal", "extraño", pero es así.
Hoy, como todas las tardes de mis días luego del colegio, me encontraba en la acogedora cocina de mis abuelos hermosos. Y mientras esperaba el plato, me digné a picotear de un pan que estaba sobre la mesa. Por desgracia mía y de mi hambre, el pan, era sin sal. Básicamente no tenía sabor a algo.. quizás a nada. Pero gustaba igual. Capaz era su suavidad en la miga, su frescura. No sé qué tenía. Pero gustaba. Y mientras me lo devoraba y seguía en espera del plato, comencé a pensar en mi día (algo tan habitual en mi como que vos vayas al baño), ¿Qué me pasaba? Tampoco sabía. No quiero sonar trillada, pero vieron toda esa cháchara de la adolescencia, de los altibajos, de las "bipolaridades", los llantos, las risas, los enamoramientos, crecer... TAN trillado que, los mismos adolescentes podemos entenderlo e intentar posicionarnos en un lugar más de adultos para intentar superarlo, pero sin dejar de ser lo que somos: seres en crecimiento; lo cual deja por sentado, para desgracia de nosotros, que por más maduros que fuésemos y por mas conciencia tuviéramos de que esto pasa a los adolescentes normalmente, los sentimientos siguen siéndolo, siguen siendo emociones que no paran por nada ni nadie mucho menos por la razón, ocurren y listo, nos aprietan el alma y nos fuerzan las lágrimas y ya está. ¿Qué le vas a hacer? ¿Qué vamos a hacer? ¿Consolarnos pensando "es normal, soy adolescente, tengo altibajos, ya va a pasar"? Me pasó. Lo intenté. No sirve. Y probablemente esté de más que lo diga, probablemente el que lea esto haya pasado por lo mismo. Los problemas son personales, uno cada uno, personas, individuales. Personales. Y ningún consuelo premiado, ninguna frase de cotillón consuela ni cura NADA.
Pero como dije antes, no sabía qué me pasaba, entonces comencé a pensar qué me había pasado en el día que me tenía así de triste -y acá viene otro aspecto trillado de ese concepto "adolescente"- y descubrí en mí una cantidad de cosas, de momentos, de actitudes, de personas, de lágrimas que no salieron y que ahora me dolían más que antes, como una herida que sabemos que está pero no nos molesta curarla. Ahora me apretujaba el corazón, me suprimía las razones que mi cabeza tenía para permanecer feliz: era la famosa mezcla, el famoso cóctel de emociones.
Podría ponerme a mencionar y explicar cada cosa por la que me puse mal, pero a ustedes los cansaría y para ambos de nosotros nos resultaría más de la famosísima hipocresía existente en el mundo. Maldita. No hay bien sin mal y viceversa. Con 14 años puedo decir que entiendo perfectamente lo que es la falsedad, la mentira, la desconfianza, la envidia, el rencor, los códigos y su falta, el ser indispensable y el no serlo. No me hago la superada, sino no estaría escribiendo esto. Pero es que hay algo que no puedo dejar de pensar: ¿Hasta dónde mierda llega? ¿Qué tan basura puede ser hasta la persona que uno considera el menos falso del planeta? ¿El amigo más bueno y sincero?
¿Cuál es el puto límite?
Mi abuelo ya había puesto el plato de comida en la mesa. Todavía me quedaba un bocado de pan. Lo comí, y no pude evitar sentir una sensación de vacío, depresión. No solo su falta de sabor me lo decía sino las circunstancias. Todo era triste. El plato recién servido, las paredes, la cocina en sí. Mi abuelo, mi dulce abuelo, ya viejo, cansado, desgastado. Contándome qué mal había quedado de su ACV y llorando sin filtro alguno frente a su nieta, dejando de lado completamente la intención de querer mostrarse como alguien fuerte y un adulto experimentado -algo que el siempre había querido demostrar y que hacía muy bien- sino como un adolescente más.
No sólo el lugar y yo éramos tristes. No sólo el pan. No sólo mi abuelo. La gente era triste. La sociedad estaba enferma de tristeza, enferma de rencor y odio hacia todo aquello que la hubiese producido. Y esperando el momento de su gloria para cobrar venganza. Desde lo bajito, desde el dolor escondido, el sufrimiento profundo,el llanto desconsolado en la almohada, hacia lo más alto, el más poderoso -dentro de su poder- , el más garca, el más lágrimas de cocodrilo: el verdadero hijo de puta.
Yo, vos, ellos, todos éramos el pan.
Mi, tu, su único plan entre líneas: hacer más mal, a quién nos hizo lo mismo sin explicación alguna, sin entendernos.
Y olvidándonos completa y llanamente de lo mas importante: no convertirnos en quién nos hirió.