Mientras respiremos, nada está mal

21.1.16

El desorden de sentirse ordenado

A veces, las personas nos sentimos desbordadas, llenas de problemas, de acá reclaman y de allá también, nos dicen una versión y al minuto siguiente una contraria. ¿Cómo actuar? ¿En quién creer?
Si las cosas nos salen así de mal cuando seguimos a nuestra propia mente, ¿por qué seguir actuando como dicte nuestro alma, por qué no seguir los consejos de otros para intentar mejorar nuestras vidas? 
¿Por qué insistir en continuar, por qué seguir perdonando a todo lo que nos hace mal? 

Y otras veces, generalmente después de las anteriores, inexplicable y repentinamente nos encontramos en un mar quieto. No hay olas, no hay corriente, como si fuera un lago. Pero la vida no es un lago. Es un mar, profundo, con partes tan extrañas y desconocidas, iguales que las que se repiten, y estamos condenados a vivir una y otra vez, a remar y remar. 
Estas raras veces (o quizás, raras en mi), todo parece estar en su lugar. Pero, ¿cuál es su lugar? ¿Las cosas ciertamente tienen un lugar propio, o simplemente nosotros aceptamos el lugar que queremos darles? 
Los tan repetidos "problemas", plagados de esas amistades que van y vuelven, de interrogantes sobre qué carajo es el amor y si alguna vez lo sentí o peor, si alguna vez alguien como yo va a poder sentirlo, de peleas en casa, en la familia, en eso que se dice que tiene que ser nuestra base, esa especie de base incondicional para la estabilidad de todo lo nombrado antes y más (como si la familia fuera el pilar de todo, estando bien en casa todo está en su lugar y estando todos enojados todo "está" de cabeza), ya no existen. Muy extrañamente, nadie reclama nada, no hay más preguntas sobre nada, ni indecisiones, no hay por qué estar mal o quizás, no hay con qué (o quien) luchar. No hay qué remar, pero tampoco hay remos. La vida nos saca todo aquello que algún día nos impidió vivir en paz; pero también nos quita la fuerza para luchar contra todo eso. Entonces no queda más que pensar que quizás no es que no haya olas fuertes; simplemente que ya no tenemos con qué pelearlas. Nos quedamos ahí, donde estamos, y el viento feroz nos arrastra a dónde quiere, las olas nos pasan por arriba, nos destruyen, pero no nos terminan de ahogar. Y es la vida, que le gusta pegarnos por todo lado posible, pero no terminar de arruinarnos. Y que nos saca las ganas de todo, nos resigna. 

El mar, NO está quieto. Y SI hay olas. SI, las preguntas que nunca nos respondimos, siguen siendo preguntas. Y el amor que creemos nunca haber sentido, sigue sin ser sentido. Y.. las peleas en casa siguen, de la misma forma que las amistades inconstantes. 
Lo único que ya no sigue, lo único que ya no está, son nuestras ganas de seguir con todo eso. Nos resignamos o quizás, nos conformamos. Con la vida, que no tiene revolución capaz de cambiarla. 

Que es así y así se queda: ella nos pega nosotros resistimos.



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