No hay rumbo exacto.Me apresuro, soy tan impaciente como un nene de cinco años, que necesita que lo consientan rápido para que no se largue a llorar, no puedo esperar, simplemente no puedo. Y es que ni siquiera sé qué espero. No sé adónde voy pero igual camino. Es un sendero sinfín que mis pies transitan constantemente sin que yo quiera pero a la vez queriendo; andan, van, se mueven, uno primero el otro después, y avanzan. Y esa es la peor parte. Cuando avanzan a lo desconocido, a lo incierto. Pero hay algo en mi cuando se mueven que hace que quiera que sigan, que no paren. Y hay otro algo en mi que quiere que se detengan, que no me manden a lo que no sé.
Pero igual siguen porque tienen que seguir.
Y ahora descubro qué es eso que les permite que sigan.
La expectativa, tal vez.
La curiosidad, la intriga.
Me apresuro, no puedo esperar, soy impaciente como un nene de cinco años.
Y no logro terminar nada.
Pero es que siento el fracaso en todo.
Porque siempre que siento éxito siento el fracaso.
Y siempre que río lloro.
Y cada objetivo incierto que me propongo, no lo termino de cumplir, y será porque lo incierto nos para, nos traba, nos estanca, a veces no nos deja seguir, porque dentro de lo incierto está la posibilidad del éxito y también del fracaso, pero no lo sabés hasta que llegás y para llegar hay que caminar y avanzar.
Para encontrar hay que buscar.
Para lograr, hay que intentar.
Para ganar, hay que arriesgar.
Y así como hay caminos largos llenos de fracasos, hay caminos cortos llenos de éxitos.
Y caminos difíciles, y fáciles.
Llenos de trabas que nos hacen más fuertes cada día, o sin textura alguna, y con una traba repentina que nos baja de la nube del éxito.
Pero todos son inciertos.
Aunque...
...si no caminás no llegás.
...si no llegás no sabés.
...si no sabés, la duda te carcome el cerebro hasta que te dignás y caminar y lo hacés.
O también pasa, que la vida es como el mar, aunque no quieras moverte, aunque quieras quedarte parado con los pies a tierra, la corriente te lleva sola y sino nadás para salvarte te ahogás.
Y es que es el destino de todos nosotros, avanzar y chocar con lo que el destino nos tiene preparado, y en el mar podés chocar contra un tiburón, podés chocar con un barco que te ayude a salvarte, o con una isla lejana y perdida que nadie pisó en siglos, o también, simplemente te ahogás porque no te chocaste con nada y no aguantaste más, porque ya no tenés los pies a tierra, ya no tenés a eso que te mantiene firme, eso que te ayuda, ahora estás vos solo y son vos y tu vida contra el destino.
Y es que es el destino.
Y aunque no nos guste, aunque no queramos, tenés que mirar para adelante y seguir como puedas. Con lo que tengas.
No prometo nada, ahora no te digo -porque ahora no estoy convencida- que siempre, en algún momento de tu vida te llega lo bueno, porque a veces te cansás; cuando estás en el mar perdido y esperando ese choque, aguantás lo que aguantás y si no aguantás mas te ahogás, y pegás la última cabeceada para arriba, el último impulso hacia la superficie y no sabés, porque la vida te sorprende hasta el último segundo; hasta el último suspiro no sabés que va a ser de vos.
Y mis pies avanzan por un camino cierto pero con un fin incierto, porque el sendero está bien trazado pero no adónde conduce.
Y aunque yo ya no quiera seguir por este sendero, sigo.
Porque sí, porque el destino así lo quiere.
Aunque yo ya esté harta de intentar, y te diga que vos no te canses de hacerlo, porque te doy los mejores consejos pero en realidad no sé cómo aplicarlos en mi.
Aunque no me conforme con nada.
Sigo.
Y es que soy espontánea y la espontaneidad no va con un camino bien trazado y definido.
Es que la vida me exige saber que quiero y yo no lo sé.
Es que a cada minuto quiero algo nuevo, y lo nuevo del minuto siguiente opaca lo del minuto anterior y entonces no lo termino.
Pero tengo ganas.
Pero son más mis ganas de lo nuevo que de lo viejo.
Y entonces me inclino en lo nuevo y lo viejo ya es pasado.
Un minuto después es mi futuro y un minuto anterior es pretérito.
Y soy así y me gusta pero no sé si me gusta.
Y en fin, me cansé de bracear y cabecear, mis brazos y mi cuello ya no lo soportan, quizás dentro de poco sea mi último suspiro y quizás con él llegue esa sorpresa que a veces el destino decide darnos en el último minuto, como quizás no.
Porque quizás está todo planeado, es mi destino desde hace tiempo que la vida me sorprenda en mi última toma de aire, como quizás no haya nada planeado, pero igual me salve, porque por ahí, al destino le da por darle al destino un poco de su propia medicina, y decide darle a la vida la espontaneidad que tanto llevo conmigo y que nunca jamás pensé que ella -la vida- tendría; tal vez, le de ese empujoncito que todos necesitamos para que me impulse hacia arriba y me salve, y al fin, ya no tenga que bracear o cabecear más, en un mar lleno de incertidumbre que ni el destino mismo llega a conocer nunca.
Porque no siempre es lo que se quiere, porque también es lo que se debe.
Y no es elección tuya sino del destino si seguís en este mar o no seguís. Si de repente viene un tsunami y te ahogás o si se voló un salvavidas de un barco y cayó al lado tuyo.
Pero nada. No vas a dejar de caminar por no saber que hay al final.
O porque simplemente no tengas ganas.
Igual aunque no quieras, vas a tener que seguir porque, en este mar, las olas te llevan solas.
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