Y creo que este estancamiento se debe al haber entrado a la secundaria. Al haber tenido que experimentar situaciones completamente desagradables para mi manera de ser, como situaciones incómodas, o de falsedad plena entre personas; sentir cada una de todas las palabras que alguna vez alguien de esa secundaria me dijo, y hasta las que no me dijeron ellos directamente, sino que me enteré por terceros; y llorar, no como se llora cuando te caés y te raspás, no; ese llanto es impulsivo, seco, sale solo, y no es provocado por nada humano: como dije, sale solo, no hay nadie que lo haya provocado, más que un piso frío y rasposo; en este caso las lágrimas son incontrolables pero cesan rápido, y seguramente diez minutos después estés rodeado de gente que te cuida y ayuda;
sino llorar desde el alma, desde la esencia pura de una persona, desde la naturaleza, desde la inocencia y la vulnerabilidad. Es llorar, fría y despiadadamente. Sin consuelo. Sin nada. Cuando todo sale mal y uno se desborda. Cuando las lágrimas se vuelven incontrolables, y a no confundir: en el anterior caso, las lágrimas son cosa de un segundo a otro: nos lastimamos, duele, lloramos, las 3 cosas en el mismo minuto. Pero en cambio, en este caso, las lágrimas SE VUELVEN incontrolables; ¡SÍ!, se vuelven. Porque antes, mucho antes, fueron controladas por una conciencia dentro nuestro que nos dijo: NO TENES QUE LLORAR. Entonces nos tragamos el nudo en la garganta y seguimos como podemos. Pero las situaciones de desborde se vuelven a repetir una y otra vez, y con ellas, se repiten los mismos mensajes de una conciencia que engaña y los mismos -aunque distintos- nudos. Y todo lo que pasa por una garganta, va al estómago. TODO, lo que incluye a los nudos. Entonces un día, cuando el estómago no tiene más espacio para nada y tiene que desagotar, explotamos. Todos los nuditos se desatan, sí, al fin, uno por uno. Primero uno después otro y así, quien sabe cuántas veces. Pero estos no se van y nos dejan tranquilos, ¡no!. Es más, ¡no se van! ¡no,no! No quieren irse, porque no los dejamos salir cuando quisieron, porque los reprimimos a lo más profundo de nuestro alma, los escondimos, los ocultamos. Entonces, ¡ahora quieren revelarse! Y empiezan: Primero uno, después el otro, y así...
Ya no tenemos fuerzas para nada, ni para hablar, ni para mandar un mensaje de texto, ni para bañarnos, ni para comer, ni para arreglarnos, ni para ver a nadie, solamente para quedarnos en la cama acostados y desear que sea eterno, que no existan las obligaciones y que nadie nos rompa las pelotas. Y las lágrimas no salen de repente, no. Salen, después de mucho tiempo de haber sido guardadas; salen, después de haberse acumulado con tantas otras hasta llegar a la inundación.
Y es acá cuando todo se reflota. Cuando nos peleamos con más de un amigo, cuando en el colegio nos va mal, cuando la humillación es pública, cuando llegamos a casa esperando consuelo y recibimos todo lo contrario. Cuando nuestra familia también está desbordada y también necesita consuelo, cuando ser adulto no significa nada, cuando se vuelven un adolescente más:
Entonces nadie consuela a nadie y esto se hace algo masivo y contagioso, se hace el virus más grande de este mundo.
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Pero yendo todavía más profundo, no fue la secundaria la culpable de todo esto. O bah, en realidad sí, pero en conjunto. En conjunto con la adolescencia. Con el ensuciar la conciencia, con el razonar, el salir de ese mundo de cuentos de hadas que es fiel a cualquier infancia, el entender, y entender todo: a la gente de nuestro entorno, con sus actitudes, sus palabras, sus intenciones y sus acciones; a la gente ajena a nuestro entorno, al "resto", con los quilombos que tienen en la sociedad, que se vuelven generales y que llegan a afectar a nuestro entorno; a la mierda de este mundo, que colma y contagia a cualquier cosa/persona que se le pasa por al lado, y que lamentablemente nunca explota. Porque si explotara, sería el fin. Y si fuese el fin, tendríamos la oportunidad de volver a empezar, de volver a intentar, de no cometer los mismos errores y lo mejor de todo: si los cometemos, podríamos aprender a no contagiarlos. Pero esto no pasa ni va a pasar nunca. Este es el Gran Castigo del que Dios hablaba y ahora entiendo todo, El Gran Virus: La Tentación. Que puede ser consciente o inconsciente, intencional o no, pero de estar está, de existir existe:
NO HAY SEGUNDA CHANCE.
Todos los días nacen más y más personas, y así nunca nos vamos a terminar de contagiar. Todos los días, nacen millones de bebés, que traen paz y felicidad al entorno que afectan, contagian salud, contagian alegría. Pero lamentablemente esto es solo por un tiempo, los primeros meses, los primeros años. Luego, puede nacer otro bebé, con las mismas características, contagiando luz y alejando al Virus. Pero sigue siendo lo mismo.
TODO es temporal. Puede nacer el tercer bebe, el cuarto, el quinto, y así hasta diez. Pero en algún momento, quieras o no, se acaba. Esos bebés se vuelven adolescentes y les toca ver todo lo que veo yo ahora.
Y el proceso, en diferentes lugares del mundo, en diferentes familias, se vuelve a repetir, todos los días, a toda hora, a todo minuto.
Y la luz, es de a momentos, mientras que la oscuridad está siempre presente.
Porque para lograr tener lo bueno hay que moverse, y para deprimirse no hay que hacer nada.
Basta con quedarte quieto, donde sea que estés, y ver más allá...
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