Mientras respiremos, nada está mal

25.5.15

Last Night

La vuelta se hizo más larga que de costumbre. Ya no eran cinco o seis. Ya no volvían en taxi con plata de sobra ni tampoco en un bondi vacío que les promete los cinco asientos de atrás sólo para ellas; o un chofer copado que las deja pasar sin que tengan lo suficiente en la sube. Ya, no.

Tres, dos para un lado, una para otro: la Casa de Todas, ya no existía más. Se despidieron, a la vez que un taxi paraba frente a ellas. Y ante los cuatro ojos que allí subsistían, el taxi y Belén comenzaron su marcha. Quedaron solo ellas dos, junto con la oscuridad de una noche bastante fresca de verano-otoño y el vacío de Lavalle. No había viento, sino más que nada frío. Un frío que te deja desnuda; desnuda ante los peligros de un Buenos Aires furioso con dos perdidas adolescentes como carnada.

De una mochila Jansport sacaron un frasco con monedas, y mientras una ponía las manos en posición de canastita, la otra las comenzaba a contar. 1, 1.25, 1.50, 2.50, 2.75....
Si lo vemos del lado positivo, la suerte estuvo de su lado esa noche,  cuando las monedas parecían ser todas de 10 centavos y el colectivo tardaba más que nunca.
 Terminaron de contar. Tenían $12, justo para dos boletos de $6. Las aguja chica estaba cada vez más cerca de las seis y la gente, cada vez era más. Unos cinco minutos después la fila era ya de diez personas al menos, con ellas a la cabeza.

A las 6:15, el "95" se dignó a aparecer. Les llevó un minuto y medio de reloj poner todas las monedas. La impaciencia de un chofer a las seis de la mañana con un colectivo bastante lleno y una fila que aguarda por dos adolescentes con $12 pesos en monedas, ayudaron al mal humor y a las malas caras de todos, pero más que nada, de ellas.

Se sentaron en dos asientos juntos, sin pronunciar palabra. Cada una miraba para distintos lugares: una para la ventana, otra para el lado del pasillo. Después de que la larga fila que las había estado esperando terminara de pagar, al fin, el colectivo arrancó. Dos paradas más tarde pero bastante juntas, lo que les llevó no más de cinco o seis minutos, se subió un grupito de 4 o 5 tipos que al parecer volvían de bailar. Bastante alcoholizados y con pinta de peligrosos, las miraban fijo y luego entre ellos, logrando intimidarlas al punto de llegar a reírse, probablemente, de los nervios.
 Entre susurros, la que sabía -supuestamente- más sobre calles y todo eso, le dijo a la otra que se bajaran en la siguiente parada -que era una anterior a donde en realidad tenían que bajar-  y que caminaran todo lo que quedara, aunque de todas formas había que caminar.
Sin armas para oponerse, la otra aceptó. Se pararon, apretaron el botón y esperaron a la parada. Los tipos se colocaron detrás de ellas, como si fueran a bajar en el mismo lugar que ellas. Entonces la creadora de la idea de bajarse antes y caminar le hizo un gesto a la otra como de que esperara, y que no bajara; lo cual significaba que se bajarían en la otra y que dejarían pasar a los hombres primero.

Las puertas se abrieron, pero la única en bajar fue una señora petiza y vieja. Luego ambas puertas comenzaron a cerrarse, los tipos rieron y a ellas, en sus mentes, el miedo comenzaba a atacarlas.
Si o sí tenían que bajar en la que seguía,y los tipos si o sí -seguramente- se bajarían en la misma.

Y así sería.

Para peor, las calles eran tan desiertas, vacías y tenebrosas como pocas. Eran las típicas cuadras llenas de fábricas y depósitos, con pocas luces y pocos árboles. El miedo las atormentaba cada vez más.
Eran solo dos, contra cinco, y nadie en las calles que las pudiera salvar de nada.

Bajaron y los tipos detrás de ellas. Comenzaron a caminar, tirando miradas para atrás de vez en cuando y "disimuladamente". Dos de los cinco tipos fueron por el mismo camino, los otros tres para otro. Se despidieron entre risas y un "chau loco".

Todo miedo había desaparecido y es más, ahora se sentían protegidas por los dos tipos, que atrás de ellas, iban riendo y charlando.

¡Falsa alarma!

Pero en las mentes de ambas, apareció el mismo pensamiento: era un aviso. Era momento de terminar con las escapadas, con las mentiras hacia sus papás y con todo.

Siguieron caminando hasta que llegaron a la Av. 16.d.e, a la vez que el cielo comenzaba a esclarecerse.
Dos pasos y escucharon que venía un auto con la música a todo lo que daba y unos tipos gritando. Miraron a su izquierda: el auto, de repente, hizo una maniobra tan loca como desaforada, dejándolo estacionado JUSTO al lado de ellas. Se miraron y, ¡sintieron que no había escapatoria! No había a donde ir y, ¡por Dios! ¿Qué les pasaría? ¿Las secuestrarían? ¿Las matarían? Parecía la típica película de trata de blancas y ellas eran las protagonistas. Se alborotaron. No sabían qué hacer. El auto negro completamente estacionado y los tipos que les gritaban cosas, las ponían más nerviosas. Parecía que pronto se iban a bajar. Comenzaron a caminar, ¿qué mas podrían hacer?. Vieron una luz, ¡ay! La gloriosa luz en tanta oscuridad. ¡Sí! Una panadería abierta.

Sin dudarlo ni un miligramo de segundo, se metieron. Ese local con olor a facturas y señoras amables era el todo mismo, la pura gloria. Llegaron a la decisión de no seguir caminando, ¿pero qué hacer?

El objetivo único era tomarse un taxi. Basta de caminatas, basta de colectivos.
Buscando en la mochila las monedas que habían quedado, encontraron $30. En serio, parecía un milagro de Dios que de un minuto a otro todo les saliera sorprendentemente bien-

Saludaron a las panaderas y se dignaron a, mirando para ambos lados, salir. Caminaron rápido y perseguidas, hasta que un taxi les paró. Al subirse sintieron casi lo mismo que sintieron cuando habían entrado a la panadería. Le dijeron la dirección al señor y al cabo de cinco minutos llegaron. Pagaron. ¿El vuelto? $2. Así de milagroso todo.

Sigilosamente, pusieron la llave en la puerta de entrada e ingresaron. Subieron las escaleras, aún faltaba otra puerta. La abrieron, entraron, al parecer los padres de la chica dueña de la casa no se habían dado cuenta de nada.

Se acostaron.

Y nunca más volvieron a escaparse.

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