Mientras respiremos, nada está mal

3.7.15

Percatarse y desear más

Después de meses de este dos mil quince  de venir todas las tardes a la casa de mis abuelos, recién hoy, casi a mitad de año, logro percatarme por unos instantes de una sensación que, espero estar equivocada, sólo me refleja infelicidad. Hay algunas sonrisas entre esa pareja de ancianos que tanto amo y admiro. Mis ídolos del alma. Pero noto más tensión que sonrisas, y a estas, las veo apagadas. Caídas, tristes y marchitas. Luego me llega una sensación peor, el presentimiento de que estos son sus últimos momentos conmigo. Ochenta y ocho años ya, ¿cuántos más podrá vivir? Es un enigma, porque ya llegó y pasó lo que ella llama "edad límite". Sí, ella, ahora hablo de mi abuela solamente. Ella ya es una ganadora, ya no necesita más. Ya se quiere ir, y qué triste, que ya no le importe lastimar a otros con su partida... Ya no le molesta no tomar las pastillas, no ir al médico, o no estar bien. Simplemente dormir, y esperar constantemente a la muerte. Y el papel de mi abuelo sería padecer sus caprichos, aunque el también tenga lo suyo. Sus meras sonrisas, por momentos forzadas, por momentos a medias. ¡Ya ni sonreír puede tranquilo! Que se le caen los dientes...
Como si su muerte fuera algo gradual, una cosa diaria y lenta que primero te mata la esencia, y muy al final el cuerpo. Eso le pasa a muchas personas, yo lo sé... Y a mi abuela

A veces prefiero dormir, que mirar la realidad que me rodea. Porque si me pongo a ver todo, me la pasaría estando mal. ¿Y quién no hace lo que yo? Algunos se percatan de aquello, otros no... Los que si, lo piensan a su manera: yo, entre ellos, decido escribirlo; y los que no, más fuerte será el golpe. Pero eso, todos sabemos que ya no importa... Un golpe sana y una caída también, y aunque la marca quede, el dolor cesa.

Por suerte ya sé, lo que hay fuera de mi burbuja. Y también sé que aún hay cosas que no sé. ¡No se puede todo! 
Sólo es que, algunas veces elijo nublarme con detergente, y otras, como hoy, notar algunas cosas...
No quiero exagerar, pero en este momento, se me viene a la cabeza la figura de Cerati, desdibujada, seguramente pálida, delgada y débil. Amarillenta, gastada, vieja. Luego pienso en su madre, yendo todos los días a verlo, todos todos, haya sol, lluvia o un tornado de fuego: ahí estaría ella, agarrándole la mano y hablándole, con la esperanza cada día menos luminosa -pero siempre prendida- de que abriera sus ojitos. Un ser humano que ya no era humano. Suena fuerte el así decirlo, pero más allá de la cordialidad y los buenos modales, la realidad es que su estado vegetativo lo hacía, vegetal. Pero su madre, así y todo, lo prefería "vivo", aunque tuviera los ojos siempre cerrados y no emitiera palabra alguna.  Aunque no hablara, escuchara, comiera o fuera al baño por cuenta propia. Aunque para ojos desconocidos, no fuera más que un cuerpo, un trozo de carne y piel, frágil y blanco; aunque estuviera muerto en vida. El sufrimiento fue largo y lento; su muerte, por más optimista que se fuese, era algo prácticamente sabido. La de todos, lo es en realidad. Y la de mi abuela también. La veo tan próxima, que me da más miedo. No quiero que sufra más. Tampoco quiero sufrir yo al verla así. Pero también la quiero acá conmigo y che, ¡no se puede todo!... Aunque casi ni me entienda o le cueste caminar. Quiero su desgastado y arrugado cuerpo para abrazarlo cuando yo quiera y saber que al menos, siente mis brazos alrededor de ella; aunque yo no sienta los suyos..

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