Así que a vos, tragadora de series, recordadora de viejos amores, minita por excelencia: dejá de lado el paraguas, que la tormenta ya pasó. Sacate ese piloto negro horrendo y ponete unos buenos ballis, maquillate un toque y salí a presumir esa belleza que como la mejor venís opacando tras la nebulosa de recuerdos amorosos, porque el, já, no te voy a decir más que esto: hace bastante tiempo que ya no la está opacando. Salí, corré, caete, llorá, de la risa, de la pena y de amor. Pero que no sea por él.
Acá no hay más culpable que vos misma, porque él, my darling, ya no existe. Yo también me fui a dormir llorando y acá estoy, sobreviviendo.
No creo en el amor verdadero, o sí, pero no de esos que duran hasta viejitos, creo que la convivencia y la rutina matan todo. Lo bueno dura poco, dicen por ahí. Mi concepto del amor es ese, así que no espero nada. Como buena ciencia incomprendida, el amor es ajeno, infinito, desconocido e inconcluso para todos los seres humanos. ¿Definición de amor? Si la averiguás algún día hablame. Así como el porcentaje que usamos de nuestro cerebro, creo que conocemos solo el 10% del amor: ahí entran las ilusiones, las desilusiones, los besos, los abrazos, las traiciones y sus derivados... Pero del 10% yo te digo que el 7% es amor falso y el 3% amor verdadero. El otro 90%, te lo debo yo y el por cierto también desconocido, creador de este particular Universo.
Volviendo a lo de antes, quiero que sepas que yo no la paso siempre bien, pero si sé que él, ya pasó. De vez en cuando viene alguna tormenta, pero prefiero mojarme, que agarrar el paraguas de vuelta. Haceme caso ¡y dejalo ir! O seguí llenándote el alma de tristezas, hasta que un día no haya más qué llenar.
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