La calma de la una. Paz. Siguen dos módulos de catequesis y me parece que voy a dormir un rato. Acompaño a una amiga a su aula a guardar sus cosas, porque después del recreo se va. A mi me espera una hora y media más de clase, y no quiero que el timbre toque nunca. Las luces están apagadas, así que solo entra un poco de luz de mediodía. Y mientras ella guarda sus útiles tranquila, serena, como si nada, y yo hago algo con el celular, aparece el. No sé por qué viene. Porque ese no es su aula y yo estoy ahí acompañando a una amiga. ¿Pero él? ¿Cuál es su excusa?
Me quedo y espero a que el diga algo. Pero solo se sienta en un banco en frente mío y me mira. Durante unos segundos yo lo contemplo y quizás el a mi. Contemplo, disfruto, me quedo posada en esos ojos tan verdes como azules, tan claros como el mar. En sus rulos, formados tan perfectos para que no quede como una desquiciada melena, ni tampoco lacio-planchita. Tan perfectos para que mis ojos ni siquiera puedan pestañear, y queden maravillados absolutamente.
Pero mientras todo esto ocurre en mis pupilas, se digna a entreabrir la boca. Sus labios. Esos que alguna vez fueron tan míos como yo quise. Que estaban para mi y nada más que para mi. Que me desearon igual que yo. Que rocé y sentí tan multicolor en todo mi alma, que me movió hasta el sentimiento más encasillado que podría yacer en mi.
"¿Se fueron las dos pelotudas?". No esperaba nada wow así que okey. "Sí", le digo. Se queda y finge posar sus ojos en la ventana del aula, como buscándolas. Aunque no parece estar tan interesado en ello, porque sino se movería. Hay cosas que el diámetro de nuestros ojos no llegan a ver; las cosas no vienen a nosotros muchas veces, sino que hay que ir a ellas. Como él, que vino hasta mí para preguntarme algo -y no sé porque uso esta comparación-.
Entonces movete, andá. Como viniste a buscarme a mi para decirme una pelotudez, así. Andate, buscalas.
"¿Pero Tati no se fue con vos?", dice mi boca por alguna razón que desconozco en su totalidad, ya que nadie le dio el permiso para abrirse. "Si pero...", ahí se queda. Otra vez sus ojos miran hacia otro lado, buscando algo o fingiendo hacerlo. Pero yo igual los contemplo, los pongo ahí arriba mío, los cuido, tan azucaradamente como cuidaría a un diamante en bruto y tan casual como cuidaría a un bebé. Aunque ellos no gocen de mi, eso no me importa. Disfruto ese momento, me quedo. En el que aunque sus ojos no sean completamente míos, están conmigo. Cerca. Ahí.
Para mi y nada más que para mi.
Quisiera poder besarte, abrazarte, mirarte a los ojos, tan cerca como nuestros cuerpos esa tenebrosa pero dulce noche de agosto. Esa noche que fue nuestra. Porque ahí me cuidaste, en la oscuridad de la noche; en el kiosco, en la plaza: en la calle.
Me abrazaste, cuando hacía frío y todavía faltaban cuadras para llegar a casa.
Fuiste adelante mío, cuando pasaban bandas que sólo con mirarlas me hacían estremecer.
Y más que nada, cruzaste tus brazos por sobre mis hombros, o sobre mi cintura, y me apretaste contra vos, dejando que florezca una magia tan mágica que rozó lo perfecto. Mientras me dabas pequeños y cortos besos, y nuestros ojos se cerraban sin que nadie les diga, pegados, como si durmieran y anduvieran por el décimo sueño.
Pero eso ya está, ya fue. Y aunque ahora me estremezca, me agarre un escalofrío y suspire: ya pasó.
Y ahora te vas. Me dejás, con la magia en mis manos y tu olor en mi campera.
Aunque eso a vos no te interesa en lo más mínimo, sabé que acá estoy: con todo lo tuyo como si fuera mío, con la primavera todos mis días, y lo multicolor en todo lo que me rodea cada vez que me paro en tus aguados ojos.
Acá estoy: esperándote, siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario