Estoy volviendo; caminando, ya por la sexta cuadra. Me falta una más. Estas son las dos cuadras que hago sola, en las que mientras muevo un pie adelante del otro y avanzo, miro para atrás.
Mis pies caminan, van hacia adelante pero mi cabeza va corriendo, retractándose, hacia atrás. Piensan las mil y una cosas por las que me siento a escribir cada vez.
Todas, en una misma cabeza, en el mismo segmento de minutos. No sé si decir que es demasiado. De serlo, lo es. Pero para mi ya es normal. Lo que no significa que sea fácil para mi disolver todo aquello, que alguna vez sonreí o sufrí. Pero ya no es sorpresivo, y eso lo hace normal. Ni fu ni fa.
Sigo caminando. Pasos más pasos menos, mucho para resolver. La mochila me pesa. Me aburro. No falta tanto, pero igual quiero hacer algo que me distraiga. Pongo música, alto, aunque esté en la calle. Porque me olvidé los auriculares quién sabe dónde y tengo ganas de escuchar música.
Suena "Bad day". En este último tiempo me volví más del tipo cumbia-reggaeton. Aunque de vez en cuando escucho algo que me mueve todos los sentimientos, que me transporta, y para eso lo villero no sirve, tiene que ser algo más que música pegadiza. Algo con muchos instrumentos detrás, con distintas bases, algo melódico, suave, profundo.
"Bad day" las tiene todas. Es una de esas canciones que alguna vez fue dueña de un "replay" constante, pero que con el tiempo fue reemplazada por otras. Sin embargo, a falta de memoria, hace un par de días decidí borrar música. Tenía 200 canciones, dejé 29. Me di cuenta que a la hora de seleccionarlas, mis dedos dejaron en blanco el espacio de esas canciones: ESAS, que hacía tiempo mis auriculares no reproducían, pero que alguna vez me habían hasta hecho llorar.
Porque aunque el tiempo pase y ya no les recuerde que son importantes, su melodía aquel domingo me habrá puesto todo a flor de piel.
Y eso, para mi, ya es todo.
Dentro del frenesí que ahora se apodera de mí, mientras Bad Day me envuelve por completo, metros más adelante, veo obreros trabajando. No es por despreciar, pero la verdad me rompe soberanamente las pelotas lo pajeros que son, absolutamente TODOS los obreros.
Entonces cruzo la calle. Por alguna particular razón -y porque no viene ningún auto-, se me da por mirar al frente; al centro; al horizonte.
Ahí, en el medio. Donde siempre estoy. El gris. Ni una cuadra ni otra. No transito ninguna de ambas paralelas; me siento digna a ponerme en el centro.
Adoquines y montones de hojas naranjas y amarillas por dondequiera que se pise. Bad Day sigue sonando, aún.
Me quedo; veo el parque, mi hermano y mi abuelo, los 3, jugando a la pelota, haciendo amigos, que nunca más volví a ver pero que inocentemente pude llamar amigos, porque no importa más que eso, un rato de diversión y vulnerabilidad pura, sensibilidad de nenes, para que sea digno de llamarse amigo; la sopa de la abuela, la estufa, la novela de todos los días, el suéter que me cose mi abuelo, el cierre que se rompió, el café; veo; sigo de pie, quieta, intacta, en el mismo adoquín que estoy hace por lo menos tres minutos, divagando, sin que nada más importe; aunque noto algo que me llama la atención y que no puedo pasar por alto: hace tres minutos que no pasa ningún auto.
Me pregunto por qué será, por qué me paré ahí y sigo mi camino.

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