Mientras respiremos, nada está mal

24.4.15

La Suma

Y ya no sabe, no entiende más nada -si antes no entendía, ahora mucho menos-. Ya no comprende, si la equivocada es ella o ellos.
Prefiere llorar y sufrir a no sentir, aunque de todas formas, sabe que no importa qué prefiera, que no es elección suya, no solo en ella sino en todo el mundo, y es algo sabido hace tiempo: sentir, es inevitable. Nadie tiene alma de robot.
Pero algo que no es inevitable, son nuestras acciones. Y ella lo sabe. Sabe que ella eligió su camino y ahora le toca lo que le toca. Que ella sola eligió ir por la ruta incierta del amor; el Camino de la Muerte, la Ruta de la Desgracia; no se sabe donde termina -si es que termina-, pero su nombre ya lo decreta. El volante es suyo y nada más que suyo, igual que los frenos y el acelerador.

Y ella eligió el segundo, aunque sospecha que del primero ya no quedaba.

Ahora se la banca, se traga todo y sigue.
Aunque tiene un algo que la mortifica, y es que ya está: todo se ha perdido: la magia del amor, el poder, SU poder, tan único e inigualable: extrañamente, ha desaparecido.
No hay más amor. O sí, encasillado en algún baúl de su alma, cerrado con una llave que ya no existe en este universo,que está fuera de su alcance y del de todo el resto. Imposible.

Dicen que la tercera es la vencida, pero a ella no le importa darle bola a esos dichos trillados -o quizás si, pero solo a veces-.

Uno, dos, y puede seguir. Pero ya se cansó de sumar.

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