Y mientras Susi me hace las francesitas, Marian, que tiene veinticinco años y está en primer año, me pregunta maneras de machetearse en biología. Por su puesto que le contesto, ayudándola, respondiendo todas las que sé y explicándoselas de la mejor manera posible. No creo que esté bien lo que hago, pero no es momento de ponerse a debatir con ella del por qué está mal machetearse, si hasta ella con veinticinco años lo hace.
Un rato después, me dice lo que se acuerda de biología y le brillan los ojos; lo cuenta con una emoción y un orgullo propios de un recién recibido. Y no sé por qué, pero en su relato logra hacerme sentir afortunada, como cuando una persona te dice que te tiene la re confianza y por eso te cuenta todo sobre ella. Afortunada porque me elige, me elige para expulsar en mi todo el contenido que vagamente pudo memorizar, porque sus ojos se llenan de agua dulce mientras su boca habla de Darwin y porque mientras esto les ocurre a esos ojos, ellos me están mirando A MI.
Me hace sentir afortunada de estar hoy acá. De tener trece años y poder contar con palabras lo que hago, lo que me pasa, lo que siento. Y no sé si lo hago bien o mal, pero me la juego a hacerlo. Me lanzo y me gusta, porque me siento satisfecha, llena. ¿Y qué cosa más linda que hacer lo que lo nutre, lo que le alimenta el alma?.
Absolutamente, NADA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario