Mientras respiremos, nada está mal

14.3.15

Ciega

Llego, dejo todo, la saludo y me acuesto al lado de ella. Son las dos de la tarde de un miércoles, pero ella sigue con el pijama puesto. Quiere dormir aunque ya haya dormido demasiado. Suficiente. Me quedo. Creo que no hay otro lugar más que esa casa que me transmita tanta paz. Y me pregunto, qué haré el día que no estén: ni ella, ni el. Ellos. Porque la casa sin sus dueños no es hogar. La paz me la transmiten ellos, y su casa acompaña.

Pero ahora estoy con ella, que todos los días me pregunta cómo estoy, me cose alguna ropa que me queda grande o un cierre que se rompió, me cocina, está conmigo en el tiempo que quizás si no estuviera ella (y el, también), pasaría sola. Son mi base, mi sostén. Y sin una base o un sostén uno se cae.

Pienso en el mal día que tuve. Además de largo, y caluroso. Mal día. Y veo sus ojos marrones, gastados, llorosos. No porque quieran llorar, sino porque ya son viejos. Las pupilas negras se ven difuminadas entre el marrón de sus ojos. Casi que ni se notan.

Ahora intento observar, que no es lo mismo que ver: porque para observar yo tengo que concentrarme, en cambio en ella ya es algo nato. Los años y la experiencia, y un par de ojos que esconden más de lo que exteriorizan.

Una mirada débil y caída, que pide a gritos descansar más aún de lo que ya descansó.
Que ya vio todo lo que quería ver.  O en realidad, que tenía. Ya no tiene de qué sorprenderse.

Y por eso denota cansancio. Porque ver, muchas veces implica observar. Observar implica pensar. Y pensar, miles de cosas que mucho tienen que ver con llegar a conclusiones no queridas. Porque con el pensar fluyen en la mente escritos de oraciones que nos pueden llevar a un vacío, que a su vez puede estar lleno de un algo -sentimiento-.

Tanto sus ojos como ella se cansaron de VER tanto, y muchas experiencias de su vida le transmitieron una tristeza que hasta el día de hoy se oculta en el resentimiento, o en el rencor.

Y ya no quieren ver más.

Entonces ¿quién soy yo para decretar que hoy fue un mal día? ¿Qué fue tan grave como para ponerme así de mal? ¿Supera, acaso, tal cosa, todas las cosas que soportaron esos ojos?

87 tiene ella. Yo 13.

Ella ya no quiere ver más, y yo tampoco. Pero hay una diferencia de edad -y de vida- bastante grande.

¿Qué pasó con el mundo, que una chica de 13 quiere lo que alguien de 87?

Quiere dormir, porque morir suena muy insensible hacia los demás. Ya no quiere ver más, y tampoco necesita hacerlo.

Sus ojos aparentan debilidad, igual que su piel arrugada y sus huesos crujientes; pero soportó infinidad de cosas. Y yo, aparento fortaleza, con mi peinado tirante y mi mirada que parece soberbia.

Pero las apariencias engañan y yo soy más débil que una porcelana.

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