Mientras respiremos, nada está mal

2.3.15

Marzo

Siempre se delinea a más no poder aunque vaya al quiosco pero ese día decide hacerse más la "yo casual", y se pone solo rimmel -en exceso de cantidad obviamente-. Se hace una colita como si fuera al colegio -ni siquiera se plancha el pelo; ese día parece que el pelo decidió portarse y no estar ni tan frizz ni tan seco-, jean, vans y buzo típico para esos días de verano que parecen de otoño. Ese día tan marzo.


Y se sube al auto.


No sabe bien por qué pero el aire de la mañana, los chicos que van al colegio, la gente que va a trabajar, el señor que vende torta frita, la chica que anda en plena avenida en bicicleta con los auriculares puestos, y en especial el aire fresco de un día de verano la hacen navegar profunda e infinitamente en su mente y también en su alma. La hacen recordar y sentir. Y también la hacen sentarse a escribir en tercera persona.


Va solo porque es ESE colegio, el de su infancia -y aprovecha la excusa de "el primer día de su hermano en séptimo" para ir-. Y lo relaciona. Todo lo que observa le trae recuerdos no solo a su mente sino a sus cinco sentidos; siente olor a libro nuevo, siente el jugar a la mancha, el llevar las mismas galletitas todos los días, el perfume sabor a frutilla que le ponía siempre su mamá. Recuerda juegos, charlas, libros que pidió en la biblioteca, debates en ciencias sociales, papelones también. Y ahora piensa que quizás lo que la hace pensar tanto, además del aire sea el tramo. El camino. El lugar a dónde esta yendo. La nostalgia.


O quizás sea sólo el flash de una mañana de verano tipo otoñal. Sea eso que le pintan todas las novelas y películas de ir a tomar un café, sola o con el tipo que le gusta, eso de el baño que le refresca las ideas y le hace caer de tal cosa, eso de vestirse con polleras y camisas formales para ir a trabajar, eso de mirar por la ventanilla del taxi y pensar siempre algo. Como está haciendo ella ahora. No sabe si eso se lo enseñaron las películas, o quizás es algo natural en las personas de ver cómo todo pasa alrededor, cada cara, cada gesto, cada alma, cada historia; y mientras ella pasa más rápido que todos; ver los árboles, el sol que apenas se asoma, el semáforo, la gente que cruza bien o a veces mal, las puteadas entre choferes, el fisura que tiene un fernet en la mano a las ocho de la mañana, los obreros, el señor que vende las torta fritas, la chica en bicicleta: sentir el mismo aire tan matinal.


Porque ese ritmo de ciudad la apasiona, la inspira. La hace pensar en el día en el que ella tenga que ser la que paga el taxi, la que se baña antes de ir a trabajar y se pone la ropa más formal, la que se toma un café tranquila en la cafetería más cara de todas, la que trabaja en el centro, en una oficina, con un jefe copado y compañeros de todo tipo (el gay, la que se hace mejor amiga, la que aparenta serlo, el que gusta de ella, etc). Y también la que mira por la ventana y aunque esté en un presente que alguna vez planeó (como futuro), sigue pensando en un futuro (el otro) que algún día será su presente -y eso ya lo hace ahora-.

Le encanta ver los autos pasar. Ver y observar todo -al punto de mirar quiénes van adentro de un taxi, o de qué estarán charlando-, o qué mambos se cruzan por la cabeza de los fisuras del alcohol que toman fernet puro a esa hora. Pero en especial, le gusta mirar a las personas su cara, y pensar qué será de su vida. Le divierte imaginar historias de vida complicadas cuando ve una cara sufrida, y una vida a pura joda cuando ve una chica de veinte años sonriendo al celular que seguro va a trabajar al McDonald's. Y más que nada le gusta sentir ese aire en la cara. Porque es como un plus sumado a todo lo que pasa por su mente -aunque inicialmente, sea él quien la haga imaginar-.

Porque hay días, que o va dormida, o con la ventanilla subida porque hace mucho frío o llueve, o hace demasiado calor, o simplemente no le pinta bajar la ventanilla. O está de mal humor. O le pasó algo "tan" terrible que no hace falta aire fresco de marzo para que empiece a pensar. Y no sabe por qué, pero todas esas cosas pasan en otros meses. No sabe por qué, pero sabe que en marzo es cuando le gusta bajar la ventanilla. Cuando tiene ganas de que el aire le pegue en la cara y la bañe, como si fuera ella de grande preparándose para ir a trabajar.

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