Mientras respiremos, nada está mal

30.3.15

Maldito desasosiego

Y entre su anterior y cruel príncipe negro que le hizo ver la realidad y que tanto la dejó pensando, un día como cualquiera, la puerta del amor vuelve a sonar.

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Se pone el top blanco que más le gusta y se pinta los labios de rojo, como para que resalte. Intenta estar provocativa pero no llegar al extremo de "puta". Tampoco monja. Short de jean y medias negras, porque piensa que va a tener frío. Planchita y el delineador que nunca faltan. A último momento ficha un esmalte que le encanta y se pinta a la velocidad de la luz: va para divertirse, para sacarse, para descomprimir sus penas y olvidarse del mundo.

Llegan, diosas al estilo Brenda Asnicar en Patito Feo. Entran de una, porque las chicas primero siempre. Otra vez, las luces, la música y ese espacio donde pasó de todo. Fue su lugar sin duda, y va a intentar hacerlo su lugar de nuevo. Así que en ningún momento de esas 4 horas de baile sin parar, puede evitar buscarlo. ¿A quién? A el, devuelta. Como siempre. La cabeza bien en alto y siempre arreglándose el pelo porque hay que estar bien preparada. Pero el no aparece.

No aparece ni en ese instante ni en el resto del tiempo.

Y en uno de esos cambios de lugar, con sus amigas, se encuentra con otra, acompañada de dos amigas mas y su ex, con el que aparenta llevar una relación de amistad; mientras que este, va de la mano de una de sus amigas.

En forma de grupito, se ponen a bailar todos juntos. A el ya lo tenía de vista pero nunca había hablado. No puede evitar mirarlo, pero no mirarlo como cuando ve a uno que le pide chape. Este es otro tipo de mirada, que ni siquiera ella puede deducir. Su sonrisa, sus ojos, su manera de hablar, esos cuadraditos. Y lo mejor/peor: la hace reir.

Cruces de miradas y un par de encuentros más esa noche. No sabe bien qué siente, pero siente y ahí está el ¿problema?.

Se prenden las luces y se va, con esa sensación agridulce que recuerda entre noches de llanto y rimmel corrido, kilos de helado y bajón con Karina atrás.

Ahora, en la cama, pensando, no entiende algo y las dudas le carcomen no sólo el cerebro sino el alma. ¿Qué es? Mejor dicho, ¿quién es? ¿a qué vino? ¿por qué?. Pero entre duda y duda, llega una afirmación agria y cruda: "Lo viste un par de veces una noche, probablemente no lo vuelvas a ver ni tampoco lleguen muy lejos. No tenés ni el número, y aunque lo tuvieras, no sabés si el también sintió o qué, y avanzar vos primero es de trola".

Se duerme. No recuerda bien pero en sueños aparecen algunas caras y se presentan situaciones que la hacen despertarse vacía. O demasiado llena, tanto que necesita algo que la descomprima.

¿Ir a bailar de vuelta? Ah no pará.

Entonces una notificación de Twitter alarma todo. La había empezado a seguir. Sabía lo que venía. O quizás no, quizás pensaba que venía algo groso cuando en realidad solo la seguía porque le pintó seguirla tipo-amiga.

Pero entre fav y fav, indirectas y números de celular en tweets, su corazón se alborota.

Mil dudas y mil recuerdos. Noches de llanto y días de desvelo, muchas almohadas mojadas y corazones rotos, volver a ver la hora de última conexión, estar pendiente de que le hable y tirarse tweets. La última vez salió mal, ¿por qué intentar devuelta?.

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Abre. Pero quién llama no es la puerta del amor, sino la del miedo.




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