Ellos están ahí, tirándose tizas y haciéndose caras "graciosas" entre ellos; jugando con un globo y tirándose boligomas. Mientras yo estoy en el fondo, observando todo como siempre y pensando, para después sentarme y plasmar todo bajo mis amigas, las letras. No hago otra cosa que quedarme quieta y mirar. Ante cualquier invitación a sumarme a eso que sólo ellos hacen y entienden, me sorprendo. Si. Puedo analizar con aires de superioridad a ese grupo de adolescentes inmaduros, sí. Puedo creerme más, también. Pero me llaman y me alarmo, me alboroto, hay que responder rápido y conmigo eso no sirve, ¡no! Ellos no saben que en mi cada cosa tiene que ser exprimida y aprobada por bastantes partes de mi cerebro, analizado por cada una y recién allí darle la orden a mi boca. Ante la desesperación, hago cualquier cosa, bien bien fiel a mi estilo. Y todo aire de superioridad desaparece.
Pero supongo que es porque tiene que ser así, ellos, son así. Su naturaleza les permite serlo, su familiaridad con su entorno, que a pesar de un año allí todavía me es ajeno. Y quién dijo que está mal y lo mío está bien, que yo soy más madura por sentarme a escribir y contarme a mí misma lo que me pasa, a escribirlo en una pantalla para leerlo yo y pensarlo de vuelta, porque no tengo a nadie más a quién decírselo; ¿qué está bien y qué está mal? Depende el ojo que mire, algunos observan y toman por decreto que es más sabio el que escribe, siente y relata, pero desde otras fuentes afirman que el carpe diem hace la vida más joven y bella y crea una existencia más agradable a cualquier corazón, por mas culto, sabio y escritor que sea...
No hay comentarios:
Publicar un comentario