Mientras respiremos, nada está mal

22.6.15

Carta

Como por arte de magia apareció entre maquillajes y cajas que todos los días toca, un sobre que llamó su atención. Antes de que la curiosidad la apuñalara y algo le impidiera averiguar qué era, lo agarró y analizó con detenimiento. Primero lo vio, después leyó lo que tenía escrito. Y seguidamente se instaló en ella una pregunta que hasta hoy, casi un día después, la mortifica, a tal punto de hacerla sentar a escribir en tercera persona: ¿Por qué apareció ahí esa carta?
Si estaba guardada en otra parte, tirada, arrugada, en otra parte totalmente ajena a dónde estaban sus cosas de todos los días, ¿por qué aparecía ahí ahora? ¿quién había sido tremendo hijo de puta para andar -además de revisando sus cosas-, poniéndolas donde no debe?
Y ni hablar de que haya llegado hasta sus ojos, que ahora no se molestaban en disimular las lágrimas. Primero una, luego otra. Lentas y saladas, recorrían su mejilla hasta caer al vacío. El sufrimiento gradual de su alma, y la inapalabrable confusión. Cuando parecía tan decidida de no quererla más, unas letras inocentes de hace un par de años, le trajeron una mezcla de nostalgia, odio, y amor, crueles y despiadados.
Lo volvió a leer, primero una, después otra vez. Y así, su alma fue pudriéndose, a la par de más lágrimas y unas intensas ganas de abrazarla fuerte, pero no soltarla nunca más.


No hay comentarios:

Publicar un comentario