Uno, dos, tres... de a poco hasta lo más valientes se van soltando, se animan. Pueden dejar de lado todo miedo: a las risas, a los pensamientos y a los dichos. ¡No les importa!
Les basta con un poco de fe y amor propio para levantar la mano y bajar las escaleras sin mirar el suelo.
Ahora son ellos; de a uno y con la presión del correr de los minutos, se van animando a mostrar eso que los hace, que los llena, eso que son, en sí.
Se ilusionan, ¡sí! ¡El quiere, y ella, ...y el también, ah y el de allá! Se van haciendo muchos, tantos, demasiados quizás. Y el placer de escuchar al otro hace querer que los otros sientan lo mismo escuchándolos.
Cuatro, cinco, seis... pero la emoción no la empuja también a ella. O en realidad sí, pero hay un algo que en otros funciona y en ella no, algo que la traba, la hace quedar. La hace espectadora, la hace aplaudir. Cuando en realidad quiere ser la aplaudida.
Basta, y hasta acá llegó.
Solamente falta que termine una amiga y va a levantar la mano. ¡Sí, sí! ¡Lo va a hacer!
Ese algo que le faltaba y la emoción al fin llegan y su compañera termina.
Pero el timbre toca.
Todos aplauden a su amiga (incluyéndola a ella) y una vez más es la simple espectadora del fondo.
¡La de las últimas butacas!
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