Mientras respiremos, nada está mal
29.6.15
El único límite es la muerte.
Lo que más queremos siempre está lejos, con obstáculos que aparentan ser más importantes que lo otro; regalando sonrisas y recibiendo problemas, nos conformamos y sonreímos continuamente, pero nunca somos lo suficientemente valientes como para ir y buscar aquello que pensamos que nos dará felicidad. Y cuando después de cinco meses juntamos la valentía y lo obtenemos, no pasa nada. Lo construido no vale nada, ¿no? Cinco meses armándonos de valentía, ¿y? La naturaleza humana insaciable e aún incomprendida se encarga de derrumbar todo aquello que costó una eternidad, en un segundo. Y la felicidad dura un tiempo, pero luego se apaga. Y ahí nos enojamos con los demás, siendo igual de cobardes que siempre. La felicidad se apaga como una luz y nosotros lloramos como bebés. Somos uno, indivisibles y con muchas lejanías inevitables. Pasa con las personas y con las cosas. Y acá entra eso que ahora llaman "platónico". Los "imposibles", demasiado "buenos" para poder ser merecidos por alguien como nosotros: el pibe que todas le dan, el último IPhone. Pero siempre hay un pibe más lindo y siempre los últimos le ceden su lugar a otro; y nosotros, los infieles, no nos quedamos con los amables que dejan el lugar. No. Nosotros vamos por el que le dejaron el lugar. Siempre por más. Y a ese le hacemos lo mismo. Y así, toda una vida. Hasta que morimos, llenos de interrogantes que nunca se contestaron, muchos IPhones que nunca se compraron, favores o perdones que quedaron pendientes y con el corazón decepcionado porque lo dejamos morir estando casado con alguien que ya no amaba más; mientras que en Buenos Aires una adolescente de catorce años, después de cinco meses de armarse de "coraje y valentía", se suicida por "amor" y en Nueva York, un cumpleañero se pelea con su mamá por regalarle un celular que no quería...
Porque siempre está bueno mirar adentro de uno:
Mambos porque si
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